Un conto diferente
Relato

Un cuento diferente

Luisa llevaba toda la tarde desbrozando la finca. Decían en la aldea que el príncipe visitaba aquel día la villa, pero seguro que no vendría hasta allí para echarle una mano a una niña labriega de trece años. ¡Si ni siquiera sabría por dónde agarrar la hoz!, pensó.

Le vino a la memoria, mientras trabajaba, el baile del domingo, cuando aquel joven, que nadie sabía de dónde había salido -tampoco cuándo ni por dónde se había marchado- la había sacado a bailar. Había podido sentir alrededor de su cuerpo, durante todo un vals, aquellos brazos que parecían robles. Tanto se concentró en recordar aquel tacto, aquellos brazos, aquellas manos, que en una de las pasadas se le escapó la guadaña de las manos y por muy poco no perdió un pie. Suerte que tan solo perdió el equilibrio… y el sentido.

Cuando volvió en sí y abrió los ojos, tumbada sobre la hojarasca y los restos de la yerba segada, era ya noche cerrada. Notó el frío del relente en el pie derecho, y se dio cuenta de que había cortado la caña de la bota de arriba a abajo. Su pie de labriega, por suerte, seguía intacto, fuerte y firmemente unido a la pierna.

Oyó cómo daban las doce en el campanario de San Esteban mientras echaba a correr medio descalza de vuelta a casa, cruzando por en medio de las huertas y sorteando calabazas, tomateras o pimientos, viendo de reojo cómo culebras y ratones escapaban, espantados, a su paso.

Tan solo podía pensar en Ramona, en lo preocupada que estaría. En aquellos cuentos tan horribles que les contaban a las niñas, las madrastras siempre eran las malas, unas feas y temibles brujas, pero ella, Ramona, era la persona más buena y cariñosa que Luisa conocía, y se había convertido en una segunda madre para ella y sus hermanas desde que padre había enviudado, además de ayudar con las tierras y el ganado junto al resto de la familia.

La bota allí quedó, en el centro de la finca, rota, solitaria, callada, cenicienta, olvidada.

Al día siguiente llegó a la aldea un hombre joven vestido con ropajes de paño y seda y botones de oro, pero lo más sorprendente no era tanto los ropajes caros que vestía como el hecho de que llegase en un carro tirado por una pareja de bueyes de blanco y reluciente pelaje.
Dicen que se acercó a unos niños que jugaban a las tabas en medio de la era, y que les preguntó directamente por Jaime, el padre de Luisa; así, tal cual.

Los chavales se miraron con los ojos abiertos como pozos y, maravillados y curiosos por saber qué podía querer aquel hombre del padre de Luisa, corrieron a buscarlo como si de una carrera se tratara. Cuando Jaime llegó, con aquellos chiquillos con los ojos y la boca aún sin cerrar a sus espaldas, aquel hombre, sin siquiera presentarse y sin ningún tipo de explicaciones, le ofreció tal cantidad de dinero por aquel terreno que a Jaime ni se le pasó por la cabeza preguntar por qué o para qué lo quería, y mucho menos rechazar aquella oferta.

Luisa no llegó a ver aquel hombre; de hecho, y aunque hubo de atravesar todo el pueblo, allí tan solo aseguraban haberlo visto su padre, aquellos dos chiquillos y una anciana que decía haberlo visto pasar desde el banco de la solana en el que tomaba el sol, y que, de tan vieja y de tan ciega como estaba, en realidad no podría asegurar si aquellos animales que tiraban del carro eran bueyes, caballos o ratones.

Para cerrar el trato, el comprador puso una sola condición. El campo debía quedar para siempre tal y como estaba en aquel momento, sin que nadie entrase allí ni tocase nada, incluyendo -y en esto insistió con firmeza- aquella bota negra y rota que permanecía allí en medio del terreno.

A aquel hombre no se le volvió a ver por la aldea, ni tampoco trabajando aquel terreno que había comprado por un precio desorbitado, pero el hecho es que la maleza jamás volvió a crecer allí. O no crecía, o alguien la limpiaba sin que nadie nunca lo hubiese visto, una de dos.

Luisa, a punto de jubilarse de su trabajo como veterinaria de campo que le permitió no tener que abandonar nunca su amada aldea y familia, nunca se lo ha contado a nadie, pero algunos días, hacia la media noche, aún va a aquel campo, caminando por sendas que ya casi solo ella conoce.

A veces incluso se acerca a la bota, y cuando lo hace, con cuidado de no tocarla, siempre encuentra dentro un ramillete de flores silvestres, aún frescas y fragantes, lo toma con delicadeza entre las manos, lo abraza contra el pecho y baila un vals.

Poema y foto: Carlos Da Aira
(Traducción al castellano del autor del original en gallego)

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