O insoportable pracer das rocas cravadas nas costas
Poesía

El insoportable placer de las rocas clavadas en la espalda

Ahora que vuelven los días en los que el sudor
es la única frontera entre nuestras pieles
y la sombra de los días mojados en que se conocieron,
ahora que los continentes que contienen nuestros ríos
se dilatan y se contraen al ritmo excitado del mercurio,
quería contarte que volví a visitar nuestra playa.

Sé que ambos prometimos olvidarlo -todo-
pero yo no dejaba de pensar
en aquellas rocas
que aún siento clavadas en las costillas,
en los codos, en las rodillas
-también en los recuerdos, y en los sueños-,
necesitaba saber
si dolerían aún como dolían aquella noche,
con aquel mismo placer insoportable
que era sentir la piedra penetrándome los poros,
compitiendo con tus dientes por atravesarme la epidermis
y robarme la inocencia de creerte tan sólo para mí.

Así que busqué aquel mismo rincón escondido
donde me llevaras de la mano,
y desvestí mi cuerpo de ropa
-y de reproches-,
olvidé por unos instantes tus últimas palabras
e intenté imaginar que aún me amabas,
pero no fui capaz,
y me conformé con imaginarte
murmurándomelo al oído.

La noche nos caía encima
como garras de animales salvajes,
y nosotros también respirábamos como bestias
-con dificultad y urgencia-
y nos arrancábamos a mordiscos
las ganas de probar en nuestras carnes
a cantidad de sal que puede absorber una lengua
en una sola madrugada.

Aun así, de entre todas las rocas de la playa,
supe -perfectamente- encontrar aquella que recogió
los restos de nuestros cuerpos cuarteados
tras la acometida de la ola que nos inundó,
y sentí en el rostro la espuma densa
que nos anegó las venas abiertas de par en par.

Me acosté en ella como me acostaba en ti,
-ofreciéndotelo todo, pidiéndote nada.
En su superficie acaricié la tuya
y recordé la grieta elástica de tu vientre
deglutiendo cada uno de los deseos que me nacían erectos,
aspirando el salitre en mis labios cosidos a ella,
convirtiendo en lágrimas las perlas
que yo intentaba sembrar en aquella cueva
por ver si un día nos nacía entre las conchas
una pequeña Venus desnuda
-pero sólo nos nació la duda,
y se nos coló la pasión por entre los dedos.

Desperté con el sol abrasándome,
derritiendo en mi pecho la nostalgia
de tus uñas afiladas en mi espalda
y tus ojos en blanco.

Y todo lo que se me ocurrió hacer
para olvidar el precio de perder tu sonrisa
fue escribir nuestros nombres en la arena,
esperar pacientemente por la marea alta
y observar las ondas del mar borrándolos poco a poco,
mientras mis manos intentaban
-recorriendo lentamente mi sexo-
imitar la suavidad de las tuyas
en aquellos días en que tú aún disfrutabas
arrancándome
humedad
y versos.

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